6.6 Isfahan – Kashan
(28.05.1618 – 05.06.1618)
Kashan (s. XVII)
Después de haber estado algunos días el Embajador en Spahan llegó orden del rey para que fuese á Casbin, y habiendo primero visitado los dos conventos de San Agustín y Nuestra Señora del Carmen, aprestó su partida en pocos días, dándole para ello todo el buen despacho necesario Totanbec, gobernador de las cosas criminales de aquella ciudad.
A 28 de Mayo, domingo, en la tarde salió el Embajador acompañado de los gobernadores y otras personas, no más de hasta una mezquita poco lejos de la muralla, adonde paró aquella noche y el día siguiente, aguardando á que se acabasen de juntar los camellos y mulas que faltaban, teniendo razonable aposento en las casas que allí había, y los demás debajo de tiendas que cerca de la mezquita se pusieron, acudiendo infínita gente pobre, ansí de los naturales de la ciudad como de las naciones cristianas referidas, á todos los cuales se les dio limosna sigún en la ciudad cada día acostumbraba á dársele.
A 29 se fue á una aldea tres leguas de allí, llamada Dolatabat, en que había una pequeña casilla del rey que no tenía más de un aposento pequeño, y alrededor del cuatro varandas y un retrete pintado, de obra muy antigua, en que había cazas y banquetes, con los bailes de mujeres, como ellos ordinariamente lo acostumbran.
A 30, caminando la caravana una ó dos leguas delante fue el Embajador seis leguas de allí á un caravasar medio desmantelado, sintiéndose más la mal agua que en él había, aunque de Spahan se llevaba alguna para la mesa del Embajador y dos cargas de aquellos hielos con que comunmente se enfría en la Persia, que fueron gran reparo para el mucho calor del camino.
A 31, se paró en otro caravasar mejor reparado que el pasado, y aunque tenía á la entrada del una muy abundante fuente de clara y muy fría agua, era de tan mala cualidad que á todos los que la bebieron les daba grandísimos dolores de vientre y de cabeza, siendo en sumo grado maligna toda la que se halló hasta Casbin, de la que salía y manaba sobre la tierra, sino fueron la que se halló en Emanzada y Natán y en algunos pozos muy hondos, que ésta era menos mala que las otras.
Primero de Junio llegó el Enbaxador á un caravasar y aldea de pocas casas, que se llamaba Tajur Abat, tres leguas de camino, y aunque el caravasar era razonable se le tuvo posada para su persona y algunos criados en un hermosísimo jardin del rey, labrado y plantado de pocos años á esta parte, con una casa en él, que aunque pequeña, fue la mejor cosa que se vio en toda esta jornada, y de mayor curiosidad y lindeza; toda la planta de la casa no tendría en cuadro más de veinte y cinco pasos, entrando en esta cantidad el grueso de las paredes, que eran de ladrillo cocido, bien fabricadas y fuertes.
La traza de la casa era una сuadreta de diez pasos de largo y ocho de ancho, todas las paredes desde el suelo hasta diez pies en alto con muchas labores de oro, y en muchos cuadros pequeños que la misma labor dejaba en las paredes, había muy hermosas pinturas, sin conparación mejores de las que comunmente hay en Persia; las pinturas eran mujeres, banquetes, garrafas de vino y los bailes que por acá se acostumbran. Desde un friso que rodeaba todo el aposento en la altura de los diez pies, era toda la boveda y techumbre labrado de oro y azul riquísimamente, de manera que como entonces estuviese acabado de dorar deslumbraba la vista de quien la miraba.
Estaba esta cuadra cercada por todas partes de cuatro varandas y otros cuatro retretes ó aposentos pequeños, á las esquinas, todo labrado, dorado y pintado de la misma forma que la cuadra, la cual, demás de cuatro puertas que de ella salían á las varandas, por donde entraña aire y lumbre, tenía por lo alto cuatro ventanas con bellísimas vidrieras doradas y de muchas labores por ellas, que también salían á lo alto de las varandas, de manera que la cuadra estaba muy clara, y cuando hiciese frío muy abrigada, por tener las puertas muy ajustadas con sus bastidores y encajes de madera, como en las casas más bien labradas de Europa.
El maestro de la pintura que aquí había fue un griego criado en Italia, llamado Jullio, á quien este rey tuvo alli muchos días para este efecto, habiendo poco tiempo, cuando el Embajador allí llegó, que había muerto en Casbin, y echabase bien de ver haber estado en Europa, porque demás de ser muchas de aquellas pinturas á la italiana, había algunas otras del traje que ahora traen las mujeres cristianas en Grecia.
Tenía esta hermosísima casa, aunque no mayor de lo que se ha pintado, una grande huerta poblada de muy espesos árboles de diversas frutas, con mucha cantidad de plátanos y álamos que por todas las partes de ella hacían sombra, y á trechos muchas fuentes y estanques pequeños en que poder bañarse, no estando aún acabados los mayores.
Era la dicha huerta plantada y hecha de poco tiempo, aunque algunos años antes de la casa, y como los árboles eran nuevos tenían una apacible y hermosa verdura, con alguna fruta de la temprana que entonces comenzaba á madurar, entre la cual había mucha cantidad de moras blancas de admirable gusto.
Poco antes de ponerse el sol salió el Embajador de aquí, con la orden de los demás días, siendo lo más del camino sierras, con muchos cerrillos ó collados continuados unos tras otros, pero blandos y fáciles de andar, de manera que por todos ellos sin mucha dificultad podría caminar un coche, ó carro cargado, si lo uno ó lo otro fuera usado en estas provincias de Asia.
Habíase traído, desde dos jornadas antes, estas mismas collinas más ó menos fáciles de caminar, continuándose después otros tres días adelante tierra por la mayor parte desierta y sola, sino era en algunas partes adonde se hallaban algunas venas de agua y paraban las caravanas de los mercaderes, siendo estas pobres y estériles montañas, en que no parecía un árbol ni mata verde, las que dividen las dos tan nombradas provincias de Persia y de la Media.
Llegóse ya muy tarde y
después de media noche á otra huerta también del rey, aunque por ser muy nueva no tenía aquella hermosura de árboles, ni mejor aposento que una pequeña alcoba en que se recogió el Enbaxador, acomodándose los demás debajo de los árboles y en un mal caravasar que había allí cerca, hasta otro día.
El otro día, á la misma hora que en la jornada de atrás se salió de esta ruin mansión, que se llama Abas Abad, y llevose el camino de la ya dicha sierra, en que no tanto por su aspereza como por su soledad se crían muchos lobos, como se echó de ver de uno muy grande que poco después de haberse puesto el sol se vio muy cerca del camino, sin huir ni espantarse hasta que algunos criados del Embajador salieron tras el á caballo, y como es muy ordinario entre gente vulgar hubo algunos de los que llegaron más cerca que afirmaban que era león, y otros que tigre, discirniéndose muy bien, aunque fuera más lejos, lo que verdaderamente parecía.
Por ser muy larga ésta jornada se gastó la mayor parte de la noche en ella, hasta llegar á otra huerta que ansimismo era del rey, adonde aunque en aposentos medio acabados y por enlucir se aposentó el Embajador con toda su familia; llamase esta huerta y casa, Emanzada, por delante de la cual pasa un gran canal de muy buena agua que viene de muy lejos, de que se riega la huerta, en que hay pocos y muy pequeños árboles.
Sintióse el resto de la noche que aquí se estuvo una notable plaga, que fue una infinidad de mosquitos muy blancos, pero tan pequeños que ni con la vista ni con el tacto podían percibirse si en parte muy clara y con mucha atención no se estuviesen mirando. Estos, con un muy insensible silencio envestían á los que se habían recogido á dormir, ora estuviesen cubiertos, ó no, molestando mayormente el cuello, rostro, manos y pulsos de los brazos, con tan molesto ardor y congoja que parecía no solo encenderse aquestas partes, sino que afligia con grandísima inquietud los spiritus. Y porque nadie por mucho que tentase y buscase á tiento con las manos podía hallar ni una mínima cosa, creyó el Embajador que esto solo fuese causa de malicia particular del aire, hasta que luego otro día, por aviso de un hombre de la misma huerta, habiendo oído quejar á todos, mostró en algunos de aquellos árboles de ella, que eran de cierta especie de morales, unos botoncillos pequeños que había á los pies de las hojas, los cuales abiertos, estaban llenos de esta multitud de tan menudos átomos, que si no eran todos juntos, cada uno de ellos no era posible verse.
Otro día los gobernadores de Caxen, ciudad conocida, la primera que yendo de Persia se halla en la Media, y cuatro leguas pequeñas adelante de esta huerta, enviaron á visitar al Embajador con dos cargas de fruta y una de nieve, que todo fue de gran regalo por el excesivo calor de entonces. Y porque en esta ciudad le tenían apercebido recibimiento le pidieron entrase de día, habiendo sabido que llegaba siempre antes que amaneciese á los lugares á donde había de parar. Y aunque al Embajador se le hizo muy pesado esto, por venir muy cansado y ser aquel el tiempo en que había de dormir, caminando toda la noche, se lo concedio por entender que esta cerimonia de recibirle en todas las ciudades era expreso mandado de su rey, cosa que no podían dejar de cumplir.
Salióse de esta huerta, que es adonde se acabó de atravesar la montaña que se ha dicho, poco antes de media noche, y como las cuatro leguas no fuesen grandes, llegó el Embajador, habiendo pasado la caravana adelante, poco antes que amaneciese, á menos de media legua de Caxen, y allí paró un rato hasta que fue de día, que comenzó á llegar alguna gente de la ciudad, y de hay á poco los governadores con otros muchos persianos á caballo, muy lucidos y galanes, de la manera que otras veces se ha dicho. Venían ansimesmo una gran tropa de mas de quinientos arcabuceros y otro mucho número de gente popular, y delante de todos la usada y común música de panderos, y danzas de mujeres y muchachos; pero lo que mejor pareció fue una banda de otras mujeres á caballo, de más suerte al parecer que las otras, aderezadas á su modo, costosamente, con muchas perlas por la frente y cuello, y con los cabellos muy largos y peinados, y aunque todas lo traían negro, como entre ellas ordinariamente se usa, había entre las demás una que los tenía muy rubios y ella notablemente blanca y hermosa.
Llegóse á Caxen, adonde había gran número de otras mujeres cubiertas con sus mantos blancos, sobre las paredes, varandas y otras partes altas, y ansí se entró por la ciudad, aunque fuera de lo que de ella está rodeado de muralla, que es alta y muy bien labrada, hasta el Maydan, que es una larga calle, aunque no tanto como la de Xiras, pero más ancha, con muchos árboles por las bandas á raíz de las paredes, adonde hay algunas casas y dentro grande arboleda de huertas.
Y lo que más ennoblece y hermosea esta plaza es un real y gran caravasar labrado de pocos años, capaz de recoger gran número de gente, y en él fuentes y muy hermosos y cómodos aposentos. Adelante del caravasar está la entrada de las casas que aquí tiene el rey, que aunque no es de mucha perspectiva la entrada de ella, dentro, adonde hay una grande y hermosa huerta, está una de las mejores casas que el rey tiene y de más aposento, nueva y con mucha lindeza y curiosidad labrada.
Pasando esta huerta se entra en otra aun mejor que la primera, con otra casa del tamaño y fábrica que la que se ha dicho, y esta es el árame ó corregimiento de las mujeres, y con las paredes de la huerta, que entonces estaba llena de fruta, tan altas como dos picas, y tan lisas y derechas que eran bien conformes al mucho recato que todos estos reyes orientales tienen. Estas huertas, casa y árame, aunque el Embajador no las vio este día, en el de adelante se las mostraron, contentándose entonces con verlas desde fuera, y ansí solo entró en algunos aposentos bajos del árame, que eran todos pintados y dorados, y en los mayores de ellos con fuentes de marmores y jaspes de muchas colores.
El día de la entrada del Embajador, con la pompa y fiesta que había venido llegó á caballo delante de la puerta de la entrada primera de la casa real, y allí estuvo parado á caballo un poco, en tanto que las mujeres que venían á caballo, después de haberse apeado, hicieron otro baile, y de allí los governadores lo llevaron á su posada, que no estaba lejos del Maydan, la cual era muy cómoda y capaz para su persona y la mayor parte de su familia, teniendo para los demás un grande y buen caravasar junto á ella.
(
García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo II, pp. 51 – 58)